Noticia Iriépal celebró la VII Pasión Viviente de Jesus Ramos Sanchez
Iriépal celebró la VII Pasión Viviente
Por Jesus Ramos Sanchez el 13/04/2025
Épica bajo la lluvia: Iriépal resucita su Pasión Viviente contra todo pronóstico
Contra toda lógica. Contra casi toda esperanza. Como si el mismísimo destino hubiera escrito el libreto, con un giro final tan sorprendente como cinematográfico, Iriépal logró lo imposible: celebrar, contra viento y marea, la VII edición de su Pasión Viviente.
Era un día prometedor. La mañana se alzaba clara y los vecinos, hombro con hombro, transformaban su querido pueblo en una Jerusalén del siglo I. Las calles se vestían de historia mientras las nubes se apartaban a ratos, dejando que el sol de mediodía templara los ánimos y encendiera la ilusión.
Pero a media tarde, el cielo cambió el tono de la jornada. Desde Valdehierro, oscuros nubarrones comenzaron a cubrir el cielo. La lluvia, persistente, se instaló sobre Iriépal como una sentencia. Faltaban escasos minutos para las seis de la tarde, hora fijada para el inicio de la representación, y todo apuntaba a un inevitable aplazamiento.
Y sin embargo, nadie se movió. Nadie se rindió. Actores, técnicos, voluntarios y vecinos se conjuraron en un acto silencioso de resistencia. Por si había una mínima oportunidad, estarían listos. Como en aquellas antiguas gestas de fe y valor, el pueblo se mantuvo firme.
Y entonces, como si el cielo atendiera plegarias antiguas —o tal vez algún huevo ofrecido a las monjas clarisas obró el milagro—, la lluvia cesó. Pasaban apenas unos minutos de la hora señalada. El agua se retiraba como telón que da paso al primer acto.
Las decisiones fueron rápidas, casi instintivas. Con ligeras modificaciones sobre la marcha, se optó por seguir adelante. Y en ese momento, el espíritu colectivo hizo clic. Si habían podido con la lluvia, podrían con todo.
Los romanos marcharon, los hebreos se alinearon, y al llegar a la plaza, lo impensable sucedió: una multitud esperaba, empapada de entusiasmo, desafiando el mal tiempo. El elenco, inflamado por esa ola de calor humano, tomó la decisión: se haría la obra completa. Y ¡vaya si se hizo!
La representación fluyó con una precisión que rozaba lo milagroso. Los pases de la Última Cena y la escena de la Fe agotaron localidades, mientras la plaza se desbordaba de emoción. La Luna de Parasceve —ese instante en que todos los personajes confluyen con el alma encendida— fue el pistoletazo de salida de una noche inolvidable.
Miguel Redondo, en estado de gracia como Jesús, encabezó un reparto que rozó lo sublime, sostenido por ese coro que ya es parte del alma de Iriépal, como lo es la ermita de la Soledad.
Y por si el destino quisiera rubricar la gesta, llegó el anuncio: todas las escenas se representarían en sus localizaciones originales. Ya no había vuelta atrás. La oración en los Olivos, el juicio, el prendimiento, el Via Crucis… todo encajaba como las piezas de un reloj suizo mojado pero indomable.
Incluso la Verónica habló. Esta vez sí, se dejó oír por los altavoces, como si el cielo quisiera pedir perdón por la tormenta previa.
Y al final, como cierre poético, justo al acabar de desmontar los decorados, volvió a llover. No antes. No después. Como si alguien, desde lo alto, hubiera cronometrado cada gota.
Este día no fue solo una representación. Fue una declaración. Una muestra de lo que ocurre cuando un pueblo entero se une, se empapa, se crece y se entrega. Una jornada que, ojalá, sirva como impulso definitivo para alcanzar el reconocimiento como fiesta de interés turístico provincial. Porque pocas veces la pasión fue tan viviente. Y tan nuestra.